Ella con su estúpida risita me decía con tono suave “estoy tan enamorada de él”. Me había servido un trago y mientras el cigarro se consumía en el cenicero de Jack Skellington mi nariz fría sucumbía ante la autoridad de la cocaína. Quería una línea pero no frente a ella, no, no... jamás. Ya bastante respeto había perdido. No me quedaba más que mentirle de ahora en adelante. Así que fui al baño cavilando en el largo pasillo sus malignas palabras. Ya me sentía entusiasmado sólo con ver la blancura de mi amiga cocaína. Pero mis manos tembleques de ira arruinaron el único papelito que tenía. La histeria recorrió mis sienes y salí como energúmeno celoso hacia donde ella sentada en el taburete sorbía agua natural y miraba poseída al cielo.
-¿Así qué muy enamorada?
-Si, muy enamorada...
Y fue entonces como mi mano guiada por mis protervos celos cayó sobre su mejilla blanca. Ella reaccionó de inmediato chillando insultos y salpicando lagrimas por todos lados, iba de un lado a otro aventando cosas, rodeándome. Inmutado me quedé en el centro de la habitación moviendo los ojos hacía donde ella se dirigía. Pensé que me abandonaría, la puerta estaba abierta, saldría por ella, o si hubiera tenido una pistola cerca, con el mismo temple hubiera esperado que jalara del gatillo. Pero no se fue.
Siempre imaginé que ella sería de esa clase de mujeres que juraría venganza, y no derramaría el llanto. Oh decepción.
-¿Quieres agua?
-Si.
-Rompiste tu vaso y estás descalza, deberías ponerte zapatos y barrer.
-Primero me pegas y ahora te preocupas por mis pies.
-No me preocupo por tus pies, me enoja el caos, y deberías tener cuidado... te puedes lastimar.
Me di cuenta que Agnes era una niña aún. Jugando con sus amores imaginarios, queriendo siempre competir conmigo para ganarse una medalla que muy a menudo son chocolates. La quise más que nunca, pero mi vulgar padre siempre me dijo “la dignidad ante todo”. La levanté del sofá jalándole el brazo y la obligué a ir por el recogedor y la escobetilla. Seguía sin defenderse, sólo lloraba. No tomaba ningún instrumento de limpieza, solo lloraba. Y me enfado más.
Convertiría su desplante ridículo de título “te dejo por otro” por un grotesco letrero fosforescente rojo con las palabras “voy a violar a una mujer”.
La muy perra no dejo que la violara.
Cuando la tomé del talle y de un violento jaloneo la levanté escuché un jadeo que me pareció muy poco doloroso. Le agarré los senos y ella se aflojaba más. Su poca rigidez no ayudaba a mi erección. Era difícil concentrarme en penetrarla haciéndole daño.
La aventé a la cama y se desabrochó el vestido, me mostró los senos, más blancos, más pequeños que la ultima vez que forniqué con ella. Me excité. Olvidé mi rabia, la dignidad nunca me había dado de comer. Menos me hacía feliz.
Primero me puse sobre ella apostaría al mismo anticristo que mi alma estaba ya vendida. Yo sé la regalé y ella la malbarato. Apostaría mi alma al diablo, mis ojos eran ojos tristes. Pero ella sonreía como cualquier otro día, ni un momento dudó de mi. No tuvo miedo a que la dejara jamás. Por eso llegó con sus estupideces de amor hacía otro hombre. ¡Demontre!
La besé despacio, casi haciendo el ridículo, pero ella respiraba fuerte, me decía con los pulmones que le gustaba, que me deseaba. Y la abracé. La penetré abrazándola. Fue algo incomodo y la lastimé. No me importaron sus orgasmos y los que acostumbra fingir. No me parecía, ya, en el momento del coito que ella fuera digna de mi verga. Así que la volteé y le mordí las nalgas, fuerte y por fin, ella se asustó. Tuvo miedo otra vez de mi. Pero le agarré muy fuerte las nalgas y deje caer mi nariz entre ellas y aspiré. Otra vez el llanto, otra vez el cuerpo flácido, y mi lengua busca la sustancia que escucha de mi cerebro, ese rico olor, agradable aroma, conocido perturbador. Aún lo huele. Jale sus rodillas y la incliné, le abrí las piernas, me masturbaba lamiéndola. Pero ella... otra vez contenta.
Reventé la piel cuando le golpeé las nalgas, mi mano ardía por ambos lados me inspiré pensando en el bastardo hijo de su verguera madre que me la quería quitar. Y la abracé muy fuerte, más fuerte aún, exagerando todo. Ella en verdad sufría, el dolor. Me sufría, tenía miedo, y no pude contener la risa, carcajadas como olas del océano oscuro, frío, nocturno. Le besaba todo el cuerpo, jamás me reí como ese día.
Desnudo me dirigí hacia la cocina. Roja. Complete el puzzle en mi cabeza. Sentía tanta satisfacción, estaba orgulloso hasta del mismo acto vil de tomar agua desnudo en la cocina roja. Le llevé agua a Agnes. Lloraba dramáticamente, vilmente mentirosa. Pero le enseñé mi erección y me miró como perrito atento y obediente. Eso jamás hubiera hecho un gato. Era una embustera. Pero le daría una ultima oportunidad.
Me recosté sobre la cama y le dije que se subiera. De inmediato lo hizo, acomodó mi verga en su coño que no estaba muy húmedo y lo metió con fuerza intentando lastimarme. Me lastimó pero no lo demostré, le agarré las nalgas y la levanté, yo la acomodé, le clavé los dedos entre los muslos y las nalgas y la abrí mucho, la metí en mi verga empujándome lo más que pude. Y no se movió. Me gustó, estaba reaccionando la gatita. Sabía que no debía moverse. Las gatas lloran cuando las penetran, porque a los gatos no les gusta que se muevan, y las gatitas orgullosas con sus colas peludas y su andar siniestro y soberbio, altanero siempre quieren sentir placer.
Ni yo era un gato, ni ella una gata. Pero jugábamos a serlo.
Cuando toqué sus senos sentí su sudor, en los pliegues donde se caen, me sentí tan atraído, ella olía. Ya olía a placer, olía a lujuria. Ella siempre quiere estar arriba. Le gusta moverse despacio, tiene el control, con su coño aprieta mi verga, se moja los labios, me coquetea con sus ojos negros y sus pestañas largas, me manda besos, la observo como una diosa, sonriéndome, wow, me sonríe cuando hacemos el amor. Eso es... lo acabo de entender, la amo, la amo. No me importa que ella sea coqueta con otros hombres, a mi me gusta. Me gusta como camina, me gusta como se mueve, como no pierde jamás oportunidad de enseñarme las piernas, o las nalgas, me gusta cuando de los jeans se asoma su bikini, siempre hago como que no veo, pero claro que veo, lo ven todos, les gusta a todos. Soy un estúpido macho, y ella se mueve más rápido, sabe lo que estoy pensando, sabe que la imagino desnuda, caliente con otro hombres, sabe que quiero que se coja a ese tipo, del que habla, me excita mucho...
La imagino mientras se muerde los labios y los lame, besándole la verga mientras él hunde en su coño sus sucios y ásperos dedos. Los músicos siempre tienen los dedos ásperos. Me enfado de nuevo... ella nota que mi verga revienta y jadea muy fuerte, me moja hasta los muslos, se agarra los senos, los da, los muerdo y saboreo, están tan duros que llegan a su madurez exquisita y empiezo a sentir calambres en el corazón, taquicardias, siento las de ella, escucho su corazón y me da miedo perderla, me da miedo de verla morir, es mi compañera de vida. Lárgate con otro, pero eres mía, siempre te voy a coger. Me mira y me dice que me ama, la estúpida quiere jugar conmigo pero no sabe que de verdad la amo, de hoy en adelante, puras mentiras. Y quiero venirme, pero la levanto y la volteo, me vengo en ella, pero como gato, no la dejo moverse, la lastimo, la muerdo pero ella ya no puede llorar, me ha mostrado que todo lo soportará porque me la coja.
Me quito de ella, aún en un acto de humillación (según yo) sacudo mi verga en sus nalgas y le pegó otro poco, me voy al baño y me pongo a cagar (según yo), prendo un cigarro y me tardo 20 minutos, me pongo a hablar por teléfono.
Salgo desnudo y sorpresa, ella esta dormida, o finge estar dormida, desnuda. Tomo un edredón y la cubro. Me visto y me preparo un sándwich. No me gusta el futbol pero lo busqué en el televisor. Jugué un survival horror un rato. El juego que le había comprado como regalo de navidad, lo abrí y lo jugué. Pero como soy un nuevo hombre, no me gustan los juegos de niña, así que lo metí en su bolso. Me fume un cigarro. Había dejado de fumar por ella, y ella jamás lo hizo. Me fume varios cigarros, me emborraché un poco. Ella se apareció de pronto, antes de anochecer, vestida y calzada. Me sonrió.
-Agnes no me vuelvas a decir que me amas cuando me este viniendo,
no mames, la cagas.
No sé de donde me salió inspiración para decir tan estúpidas frases. Quería seguirla humillando pero tendría que practicar mucho, no era sencillo. La volví a perder.
La lleve a su casa y la besé mucho antes de dejarla salir. Volveré a buscarla, huirá con otro, me humillará muy pronto, la extrañaré, pero ella siempre me dirá que si.
Colaboración: Puzzylanime Cat.
Nota: Sólo colaboración =u.u= el crédito es mío.
3 comentarios.:
queee?
creo que me iré al infierno por leerlo...pero seguro nos la pasaremos bien todos los que te vamos a leer. haremos muchas fiestas y seremos felices...
Encantador :)
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